Controladora de tránsito aéreo en Palma. Serie ControlPrep: Mi camino a ENAIRE.
Todo empezó con un cartel en la universidad. Anunciaba cursos para ser controlador aéreo y me quedé mirándolo. No sabía absolutamente nada del oficio, no tenía a nadie en el mundo de la aviación y no habría sabido explicar en qué consistía el trabajo. Llegué a casa, me metí en internet, leí foros durante días y me quedé con una sensación: esto me gustaría hacerlo.
Aquella intuición resultó ser correcta, pero por razones que no tenían nada que ver con lo que yo me imaginaba entonces.
Ocho años de espera que acabaron siendo una ventaja
Cuando terminé la carrera se daba por hecho que iba a salir convocatoria, así que me apunté a la academia. Era la de 2008 y nunca llegó a salir. No hubo otra hasta 2016.
Ocho años. Y es lo primero que le diría a cualquiera que se esté planteando esto: no controlas cuándo sale la convocatoria. Lo único que controlas es en qué estado te pilla cuando salga.
A mí me pilló bien, y no porque lo hubiera planeado. En la academia preparaban teoría, inglés y psicotécnicos, y la teoría la daba alguien que sabía de aeronáutica de verdad. Eso fue determinante para mí, porque nunca he sido capaz de sentarme delante de un libro y memorizar sin entender antes de qué me están hablando. Que alguien me lo explicara hizo que el temario cobrara sentido. Años después seguía acordándome de gran parte de aquello, y cuando por fin llegó mi oportunidad yo no partía de cero como la mayoría de la gente que se presentaba conmigo.
Los psicotécnicos nunca fueron un problema. Al contrario: eran la parte que más disfrutaba. Me entretenían, así que practicarlos no me suponía un esfuerzo. Los preparé por mi cuenta un mes antes, sin más, y los pasé sin grandes complicaciones.
El inglés fue otra historia.
La primera vez suspendí, y por un error muy común
Pensé que tener buen nivel era suficiente.
No lo era. Suspendí.
No fue que no supiera comunicarme en inglés. Es que una cosa es hablar un idioma y otra muy distinta es superar un examen diseñado para demostrar un nivel concreto, con las estructuras y el vocabulario que ese examen espera oír. Son dos cosas diferentes y hay que prepararlas por separado.
Y conviene entenderlo pronto, porque el inglés no compensa. Por bien que hagas todo lo demás, si no llegas al umbral se acabó el proceso.
La segunda vez cambié el enfoque por completo
Dejé de estudiar inglés en general y me puse a preparar exactamente el examen que tenía delante. Lo hice en dos fases.
Primero la gramática, con una profesora española que sabía muy bien qué falla un español en un test de este tipo. Me dio muchísimos consejos sobre las preguntas típicas, esas en las que tropezamos una y otra vez precisamente por cómo funciona nuestro idioma. Llegué al examen sabiendo qué me iban a intentar colar.
Después el oral, con una profesora nativa en una academia que me recomendó una compañera que también se presentaba. Casi todo lo que hice lo encontré así, por gente conocida que se estaba preparando o que ya había pasado por ello.
Aun así, el oral fue lo que más me costó. Me puse nerviosa, empecé muy bien y al final me lié yo sola: me tocó un texto sobre las clases sociales y sobre trabajos cada vez peor pagados, llegó la pregunta de opinión y me enredé. Siendo honesta, creo que en español me habría enredado igual.
Salí sin saber cómo me había ido ni si iba a coger plaza. La cogí. Y mirándolo con perspectiva, ese cambio de enfoque en el inglés fue la diferencia entre una convocatoria y la siguiente.
La profesión que me encontré no era la que había imaginado
Si durante la oposición me hubieran preguntado cómo era el día a día de un controlador, habría hablado de aviones, pantallas, decisiones rápidas y responsabilidad. No habría estado equivocada. Pero me habría dejado fuera lo más importante.
Nunca imaginé hasta qué punto esta profesión depende de los demás.
Esa fue la mayor sorpresa, tanto en la torre como después en el centro de control. Desde fuera parece un trabajo solitario porque solo se ve a una persona sentada delante de una pantalla, y la realidad es que detrás de cada operación hay un equipo entero funcionando a la vez. Las coordinaciones son constantes y las decisiones casi nunca son de una sola persona.
Me adapté bien a eso, probablemente por cómo soy. Soy bastante flexible y no tiendo a las discusiones, y es que en este mundo las discusiones no llevan a ningún sitio. No se trata de tener razón, sino de que la operación salga bien.
Los días en que ese engranaje deja de ser una ayuda y pasa a ser imprescindible
Las emergencias, las tormentas que desvían a todo el mundo de su ruta, una pista bloqueada con todos los aviones en el aire. De repente se te empiezan a acumular aviones en un mismo espacio aéreo, cambian las prioridades y cada decisión tiene consecuencias inmediatas.
Son las situaciones más complejas y las que más concentración exigen. Y son también donde entiendes de verdad por qué se insiste tanto en el trabajo en equipo: se pone en marcha un engranaje en el que todo el mundo tira a la vez para que salga bien.
Cuando termina y ha ido bien, la satisfacción es enorme. Pero que no se malinterprete: muchos otros días todo va sobre ruedas, y eso también es una maravilla.
Los turnos
Es una de las cosas que más me preguntan, y con lógica, porque desde fuera parece que la vida acabe girando alrededor del trabajo.
Mi experiencia ha sido otra. Tiene inconvenientes, claro: conciliar en familia exige organización y aceptar que a veces te perderás cosas. Y funciona también al revés, porque hay días en los que haces el esfuerzo de ir a algo aunque estés cansado, sabiendo que la próxima vez quizá te toque trabajar. Ese equilibrio no aparece solo, cada uno lo encuentra con el tiempo.
Pero tiene una cara que se cuenta poco. Tener mañanas o tardes libres entre semana cambia por completo cómo organizas tu vida. Puedes hacer gestiones cuando todo el mundo trabaja, aprender cosas nuevas con tranquilidad, o quedar a desayunar tranquilamente con mis compañeras, que además son mis amigas, un martes cualquiera. Y hay algo más que casi nadie menciona: te vas a casa y te olvidas del trabajo. No te llevas nada pendiente. Eso también es una maravilla.
Lo que le diría a alguien que empieza hoy
Que no esperes al momento perfecto para empezar a prepararte, porque la convocatoria sale cuando sale. A mí me pilló con ocho años de ventaja sin haberlo planeado, y esa fue la diferencia.
Que no des ninguna fase por hecha. Yo di el inglés por hecho y me costó una convocatoria entera.
Que prepares el examen, no la asignatura. Es la lección que más tardé en aprender.
Y que si te preguntas qué hace falta para esto, la respuesta es menos espectacular de lo que yo esperaba. Ayuda tener visión espacial y ayuda decidir rápido, sí. Pero saber escuchar, trabajar con gente, adaptarte a que cada situación sea distinta y mantener la calma cuando las cosas se salen del guion pesan igual o más. Y de eso apenas se habla durante la oposición.
Yo solo he trabajado en Mallorca: primero en la torre y después en el centro de control. Son dos facetas muy distintas del mismo oficio y las dos son apasionantes. Tantos años después de aquel cartel en la universidad, sigue pareciéndome una de las mejores decisiones que he tomado.
Si estás preparando la próxima convocatoria de ENAIRE, en controlprep.com encontrarás las herramientas que a mí me hubieran venido muy bien.